Río Azul.
El torrente baja desde las montañas a través del dibujo que la naturaleza se encargó de trazar dentro de un tupido bosque de cipreses y coihues. El camino que conduce al valle y lo abriga, entrega unas majestuosas vistas desde los cordones que se proyectan hacia el lago Puelo. Es común que las nubes del oeste se entrometan con las copas de los árboles y mantengan una humedad ambiente que favorece el desarrollo de un sotobosque de matorrales de calafates, chauras y groselleros. El cauce tiene curvas con profundos pozones y sectores anchos que son posibles de vadear de costa a costa sin que el agua supere la cintura. Estos sitios son ideales para aquellos que recién se inician en la actividad o para que los niños se entretengan a lo grande, ya que se pueden atrapar truchas de menor porte con gran facilidad.
Liberamos de su tubo un par de cañas número cuatro con reel y líneas de flote de colores blanco y verde pálido. Un sendero conduce hasta el río entre retamas que crecen en la arena fina de una playa que se extiende hasta las piedras de la orilla. Algunas todavía muestran sus flores amarillas y otras hacen castañear sus vainas colmadas de semillas expuestas al viento. El agua está fría y con poca correntada lo que permite caminar por el cauce sin mayores dificultades. Los únicos obstáculos los proporcionan unas cuantas rocas grandes esparcidas aquí y allá que generan remolinos y pequeños pozones una vez que son sorteadas por el río. También debemos cuidarnos de los resbalones en el verdín de la costa.
Debajo de las ramas de los sauces se desarrolla una frenética actividad de las truchas, que devoran cuanto insecto caiga o pase a unos pocos centímetros del agua. Los saltos se suceden uno tras otro e incluso varios al mismo tiempo. Como suele suceder en las horas del atardecer cuando se dan las condiciones óptimas y se manifiesta la humedad del rocío y la baja la temperatura, una eclosión de polillas invade el aire y revolotea por todas partes, incluso muy cerca del agua, lo que las convierte en presa fácil para los voraces peces que nadan a pocos centímetros de la superficie.
Atamos dos caddis blancas chiquitas con un cuerpo enmarañado de cerdas de un dubbing despeinado y alas gordas de un collar de pelo de ciervo muy similares a estos insectos y nos disponemos a poca distancia en medio del cauce. Nos alcanzan un par de tiros para que una arco iris se prenda de la mosca de Tomás y empiece a dar batalla. La ligereza del equipo que utilizamos transmite todo el frenesí del pez hacia los brazos que disparan a su vez un torrente de adrenalina en todo el cuerpo. Hay que lucharlas con cuidado porque incluso el leader es tan delgado, que un tirón podría hacer perder la presa.
Mientras miro el trabajo de Tomás y mi mosca deriva río abajo, noto un suave toque en mi caña e instintivamente clavo con un golpe seco a otra arco iris que hace una pirueta fuera del agua. La pelea nos obliga a ambos a caminar unos metros en el sentido de la corriente para acomodarnos y evitar soltar mucha línea fuera del reel. A pesar de su juventud, las truchas dan pelea durante varios minutos, ejercitando los mismos trucos que sus compañeras más grandes; corridas hacia los pozones, la búsqueda de refugio entre los troncos hundidos y por supuesto saltos en tirabuzón con escandalosos chapuzones. Luego de una feroz batalla, nos arrimamos a la orilla para tomarlas y desprenderles el anzuelo. No es necesario oxigenarlas demasiado ya que, como todo juvenil se mueven sin parar y pretenden escabullirse rápido y con una escandalosa protesta por haber sido atrapadas.
Volvemos al río y la escena se repite casi sin parar. No pasan más de tres o cuatro lanzamientos para que una trucha se prenda del anzuelo de alguna de las cañas. En poco más de una hora superamos la docena de piques. Algunas clavadas no se hacen efectivas y otras en donde la mosca no quedó bien anclada, se pierden luego de algún salto. Pero muchas de ellas llegan a nuestras manos y son devueltas al río con gran satisfacción.
A medida que avanza el anochecer, la actividad en el río se vuelve más frenética. La eclosión es cada vez más abundante y las polillas pululan de a miles. El aire se colma de una cantidad sorprendente de insectos blancos que vuelan alocadamente a baja altura. Se posan en el agua pero también en nuestros chalecos, las cañas, los brazos y se mezclan con nuestros pelos. Las truchas aprovechan hasta el último resquicio de luz para alimentarse y ganar peso, sobretodo en la época estival en donde la proliferación de insectos es la más abundante del año.
En uno de los lanzamientos, Tomás deposita la mosca muy cerca de las ramas de un sauce que casi tocan el agua. El árbol es una gran despensa de alimentos que reúne a los ejemplares más vigorosos. La mosca deriva por una suave corriente que disminuye su paso cerca de la costa y serena su oleaje hasta abrir un gran ojo tan cristalino como una ventana, capitalizado por los peces para echar un buen vistazo a su alrededor. Esto a su vez representa un obstáculo para nosotros ya que también pueden ver con claridad nuestra línea y cualquier movimiento inoportuno que le apliquemos a la mosca. Una hoja cae a pocos centímetros del artificial. Una brisa nos acaricia sin lograr despeinar las plumas de los sombreros. Dos truchas ocultas a poca distancia detectan el alimento y se preparan para la ofensiva. Tienen la misma contextura física y cuando se lanzan hacia la superficie, no dudan en rivalizar por un buen bocado. Ninguna de las dos resigna el ataque ya que perderlo significaría un gasto de energía considerable. Mientras todo esto ocurre bajo la superficie del agua, Tomás se encuentra expectante a la espera de alguna señal. De pronto veo como su rostro atento al extremo de la línea se transforma en una cara de incredulidad absoluta. Volteo y veo como la masa de agua se eleva y salpica en todas direcciones. El silencio se corta repentinamente con el chapoteo y desde el centro de la acción, dos arco iris salen a la superficie trenzadas en una feroz lucha por aquel insecto. La línea se estremece, vuela por el aire y se desacomoda. Unas cuantas polillas huyen espantadas por el alboroto y la mosca se sacude entre las mandíbulas que intentan atraparla. Los peces se contorsionan de un lado a otro y giran en el aire. Una pasa por encima de la otra y logra capturar el artificial en pleno vuelo. Cae con todo su cuerpo estrepitosamente detrás de su compañera que no se resigna a perder su presa. Todo esto ocurre en la misma fracción de segundo que le demanda a Tomás la maniobra para concretar la clavada. Uno de los peces siente el tirón y se desacomoda dejando al otro fuera de combate. La lucha se concentra ahora en el extremo de la línea. Los saltos fuera del agua se suceden con inusitada frecuencia. Los tirones se reflejan en la punta de la caña, el reel pierde parte de su carga y yo debo hacerme a un lado para permitir el paso de los contrincantes. Tomás busca una roca elevada que le permite aplacar la fuerza de la corriente y desde allí logra arrimar su captura para sacarle el anzuelo. Su formidable batalla se merece unas cuantas fotos y luego es devuelta al agua en donde nada en dirección a su viejo escondite.
Incentivados por esta contienda, improvisamos una competencia. Seleccionamos un sitio preciso en donde se ve actividad y fijamos un punto de referencia. Cada uno deberá lanzar su mosca con la mayor precisión posible. El ejercicio debemos hacerlo al mismo tiempo, atentos a evitar el cruce de líneas que daría por finalizado el intento con un enredo. Como último requisito, será necesario capturar un pez y lograr acercarlo hasta donde estamos, para devolverlo sano y salvo, lo que acreditará un punto a favor de quien lo logre.
Iniciamos la competencia depositando minuciosamente las moscas a pocos centímetros de distancia entre sí. Cruzan una zona de oleaje y navegan alejándose una de la otra hacia el medio del río. Sortean algunas rocas y troncos hundidos que producen un leve movimiento en el agua. Con mi caña, le imprimo sutiles toques al insecto para simular un desesperado intento de remontar vuelo desde el agua. Nada sucede. Cuando las líneas se tensan damos por finalizado el primer cast.
El segundo intento es anulado por una mala presentación de mi mosca muy lejos del lugar acordado, pero en el siguiente, logro un pique en el mismo momento en que alcanzo el punto de referencia. Una breve lucha da por concluidas mis esperanzas de alzarme con un punto cuando la trucha logra soltarse en pleno vuelo fuera del agua.
Nos movemos río arriba y buscamos otro lugar que presente nuevas dificultades. Encontramos un sector con ramas bajas y algunas rocas sumergidas que desordenan la correntada. Apuntamos nuestras esperanzas hacia una rama particularmente gruesa que cayó al agua y comenzamos a castear. Se sienten volar las líneas que producen un sonido intermitente cortando el aire. Las moscas caen muy cerca una de la otra y la de Tomás rebota y salta un poco más allá. El se ubica río arriba y con una mirada desafiante, me hace saber que será una dura competencia. Enseguida advierto la clavada. El agua se agita y salpica mi mosca que se aleja por la correntada. Tomás tiene una arco iris en la punta de su caña. Antes de poder recuperar algo de línea para dar espacio a la contienda, noto que mi caña también se arquea y los tironeos comienzan. Cruzamos miradas nuevamente y los peces hacen lo mismo dentro del agua quedando una línea superpuesta a la otra. Las cosas se complican porque si volvieran a girar, el embrollo daría por anulado el tiro, de modo que acordamos intercambiar cañas. La tarea no es fácil. Nos separan unos cuantos metros de inconsistente suelo pedregoso, una correntada que empuja y desequilibra nuestro andar sin desestimar incluso la tensión en las líneas, que de aflojarse podrían hacer perder alguno de los dos ejemplares. Mientras forcejeamos con todo esto, caminamos en dirección a un banco menos profundo que debería darnos un respiro. Cuando lo alcanzamos, las truchas siguen cruzadas pero sin haberse enredado entre sí. Con sumo cuidado nos traspasamos las cañas y nos quedamos batallando en ese lugar.
La competencia se reanuda con una nueva regla. Si alguno pierde su ejemplar, no podrá reclamarle al otro, una mala clavada de modo que sin contar con la certeza absoluta que le da a cada cual haber sentido el pique, trabajamos casi a ciegas. Se sienten las sacudidas y las truchas vuelven a juntarse en un intento por liberarse de sus anzuelos. Logramos alejarlas y se percibe su cansancio. Las arrimamos y juntos las tomamos de la cola para quitarle los anzuelos. Las liberamos al unísono y levantamos la vista para apreciar el maravilloso lugar en donde estamos pescando.
La noche se cierra sobre el bosque y los fogones resplandecen en las copas de los árboles. Los pájaros se acomodan en las ramas más altas para descansar y los peces bajan su actividad a medida que la luz desaparece del fondo del agua. El olor a humedad se desprende de las plantas esparciendo su néctar por todo el lugar. Nos abrazamos y con la satisfacción de un gran día de pesca dejamos el río para ir a disfrutar de la noche estrellada.

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